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Cumbia Soledeña, una historia para contar

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*Crónicas de Giovani Montero Mercado: "Una historia para contar, La Cumbia Soledeña".

 

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"En cualquier lugar del mundo, donde suenen, en perfecta armonía, la flauta de millo, el llamador, la tambora, el alegre y el guache, estará presente la herencia musical de la Cumbia Soledeña, un patrimonio que no envejece, porque se ganó la confianza del tiempo".Giovani Montero Mercado

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Por Giovani Montero Mercado

c capitaluentan que, durante varios años, la idea de conformar una agrupación musical que interpretara la música representativa de la Costa Caribe, le quitó el sueño al viejo Desiderio Barceló, hasta que el 16 de julio de 1877 creó la Cumbia Soledeña. El éxito no demoró en sonreírle a la creciente agrupación musical. Su originalidad y calidad interpretativa la llevaron a pasearse orgullosa por muchos escenarios internacionales: Estados Unidos, Francia, Venezuela, Perú, República Dominicana, Ecuador, Puerto Rico y Guatemala, fueron algunos de los destinos en los que el público se deleitó con sus canciones.


Efraín Mejía

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“Yo recibí la Cumbia Soledeña ya creada de parte de los maestros Antonio Lucía Pacheco, Alejandro Barceló, Alberto Montero y Andrés Jiménez. Ellos necesitaban a alguien así como yo, que tuviera chispa para la música. Me nombraron algo así como un gerente, para que les buscara toques y cobrara, porque los tenderos los ponían a tocar de siete de la noche a cinco de la mañana y no les pagaban”. Comenta, con una profunda emoción que galopa en su rostro, Efraín Mejía, director de la legendaria Cumbia Soledeña, “La Vieja”.

Con mucho cuidado, saca de la mochila una fotografía en blanco y negro en la que aparece tocando las maracas y entonces habla de las antiguas ruedas de cumbia, mientras se arregla el sombrero vueltiao y dice que “Primero se colocaba una guadua con una bandera roja, por eso es que yo digo que la cumbia es liberal (risas), en las cuatro esquinas de la Alcaldía, y toda la gente que iba al mercado a comprar la carne, la yuca, el plátano, porque antes en las tiendas sólo se vendían pendejadas, veía la guadua y sabía que había cumbia en la noche, ese era el aviso”.


De Ramayá a Ramayá

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El viejo Desiderio Barceló, posiblemente, nunca se imaginó que la agrupación creada por él, con el transcurrir del tiempo, se convertiría en toda una institución académica, de donde egresarían talentosos representantes de una de las expresiones musicales del Caribe colombiano, como la cumbia.

“Pa’ componé una canción…me encierro solo en mi cuarto…allí me entretengo un rato y aprovecho la ocasión”

Con la música metida en la piel y el corazón, Pedro Beltrán, más conocido como ‘Ramayá’, reconoce que la Cumbia Soledeña contribuyó enormemente a su crecimiento en el arte musical: “Aprendí mucho, especialmente el ritmo de la cumbia, porque el que yo traía de Patico, mi pueblo natal, era completamente diferente, un poco más rápido. Aprendí a interpretar la cumbia como era debido, lenta”.

La flauta es su compañera de todas las horas. Es tanta la identificación entre el hombre y el instrumento, que el uno no puede estar sin el otro. La canción ‘Mi Flauta’, es una especie de manifestación de gratitud a la caña de millo.

La pérdida por completo de la visión no ha sido obstáculo para que Juan Herrera, ex integrante de la Cumbia Soledeña, vaya alegremente por las calles de su Soledad natal, explicándole a todo el que se encuentra en el camino, por qué, al igual que a Pedro Beltrán, le dicen ‘Ramayá’: “Jorge Varón presenta en la televisión en blanco y negro a Afric Simone con su éxito ‘Ramayá (en este punto se encorva, salta y, finalmente, adopta la posición de un guitarrista).

“Yo me aprendí la canción, pero nunca pensé que la grabaría en ritmo de cumbia”. A los 65 años, Herrera hace alarde de sus conocimientos musicales. Asegura que nadie le echa vainas cuando de hablar de la Cumbia Soledeña se trata. Deja de reírse, se ajusta los gafas negras y con aire de solemnidad dice: “de todas las presentaciones que hice, la que más recuerdo fue en la que alternamos con La Fania, La Sonora Matancera y Alejo Durán, el 14 de julio de 1977 en el Madison Square Garden de Nueva York”.

Una dinastía marcada por la tragedia

varaEs imposible hablar del Carnaval de Barranquilla, sin hablar de La Cumbia Soledeña. Composiciones como ‘El Mapalé’, ‘Congo Grande’ y ‘La Puya Loca’, entre otras, a pesar del paso irreversible del tiempo, continúan vivas en el gusto de los amantes de las tradicionales fiestas, generando el derroche de alegría y propiciando el reencuentro con nuestras raíces.

Pero detrás de la exitosa trayectoria de la reconocida agrupación folclórica, se esconde el rostro de la tragedia: la misma extraña enfermedad que acabó con la vida del flautero Diofante Jiménez, y que también se llevó a la tumba a sus hijos Luz Helena, Zunilda, Edinson y Eduvijes, amenaza extenderse a los demás integrantes de una dinastía que, a pesar de los ataques del destino, lucha por preservar su legado cultural.

Sentada en una vieja silla de hierro, se recoge el largo y mono cabello. Pasa la mano derecha mojada por su cara y empieza a hablar de la enfermedad que le quitó al hombre que amaba.

“Recuerdo que él empezó a caminar como si se le fuera el cuerpo. Me decía que cuando iba a brincar un charco, no podía, porque parecía que las piernas se las encogían para atrás y terminaba cayendo en el agua. Yo le decía que eso era un resfriado, pero no, qué va, esa fue una enfermedad que primero la tuvo el difunto, el papá de él”.

La tristeza que se siente en la voz de Zunilda De Alba, se convierte en alegría cuando cuenta cómo el padre de sus nueve hijos, Diofante Jiménez, compuso la canción que lo mantiene vivo después de muerto y despierta la locura colectiva en el carnaval: ‘La Puya Loca’.

“Eso fue una inspiración de él, ya estaba enfermo. Empezó a tocar la flauta y le salió el son de la `Puya Loca’, me preguntaba qué si me gustaba, para grabarla, y yo le decía que sí, y así fue que decidió grabarla”.

Miguel escuchó con atención el relato de su mamá. Para calmar la ansiedad que le produce hablar de su vida musical, toma, sin descansar, agua en un vaso azul de plástico, y cuando se refiere a la forma como su papá tocaba la flauta, se llena de sentimiento, quizás por aquello de que la sangre llama, y la timidez que le caracteriza desaparece en el momento.


“Cuando estoy interpretando la caña me acuerdo mucho de mi padre, porque el tocaba un estilo diferente al de ‘Ramayá’. El estilo de mi papá me llegaba más, tenía como más sentimiento, llegaba a lo más profundo de mí. Las figuras que hacía cuando aspiraba la flauta hacia adentro, cómo la hacía roncar”.

Después de escuchar estos testimonios, no me cabe duda que, en cualquier lugar del mundo, donde suenen, en perfecta armonía, la flauta de millo, el llamador, la tambora, el alegre y el guache, estará presente la herencia musical de la Cumbia Soledeña, un patrimonio que no envejece, porque se ganó la confianza del tiempo.

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