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Rafael Campo Miranda, un siglo de música y vívidos recuerdos

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*Soledad en Sol Mayor (IV): Rafael Campo Miranda, sin lamentos náufragos, casi un siglo de música y vívidos recuerdos.

Crónica de Viento Verde para elevar cometas de recuerdos...

Por Fernando Castañeda García

c capitularuando el abogado, Álvaro Sequeda Ferrer, me comentó que al día siguiente iba para el apartamento del maestro Rafael Campo Miranda, me le pegué de ‘gancho ciego’.

Hermano, necesito ir con usted porque, desde hace rato, estoy pensando escribir algo acerca del maestro, sea una crónica, un reportaje… hablar de él, sencillamente eso.—, le dije.

Claro, la visita está programada para mañana a las tres de la tarde, nos vemos en mi casa a la una y treinta. —, respondió.

Al día siguiente, una y treinta minutos de la tarde y más puntual que un inglés a la hora del té, estaba en la casa del abogado Sequeda, con cámara fotográfica y libreta de apuntes en mano, para iniciar el viaje, aprovechar el viento verde que viene de la montaña y echar a volar la cometa de recuerdos que el maestro, Rafael Campo Miranda, tiene colgada de un clavo en la pared de su memoria.

En la carrera 43 entre calles 80 y 82, nos encontramos con William Barros Cervantes, quien había conseguido la cita con el compositor y en compañía de Álvaro Sequeda, le iba a entregar la invitación formal al homenaje que le están organizando la Corporación Casa de la Cultura de Soledad ‘Pacho Galán’ y el Centro Literario Gabriel Escorcia Gravini, en reconocimiento a su valioso aporte al enriquecimiento y fortalecimiento del patrimonio musical del país, en especial el del Caribe colombiano, exaltándolo como ilustre hijo del municipio de Soledad.

El maestro vive en el quinto piso de un edificio de apartamentos que está ubicado en la carrera 44 entre calles 82 y 84, al norte de Barranquilla. Las paredes están pobladas de fotografías, diplomas, menciones, placas, como testimonio de toda una vida dedicada a la composición musical, imprimiéndole poesía al folclor de su tierra.

Con el asombro marcado en nuestros rostros, vimos aparecer la figura de un hombre centenario que se aproximaba al tiempo que cerraba el cuello de su suéter hasta el último botón. Con la vitalidad de sus 99 años de edad, próximos a cumplirlos el 7 de agosto del presente año, nos saludó cordialmente: “Recibo con mucho agrado la visita de mis coterráneos. Soledad está siempre en mi corazón, la tierra donde nací el 7 de agosto de 1918”.

Intuyó nuestro asombro y para romper el hielo nos dijo que a partir del ocho de agosto será un hombre centenario, recordando el episodio cuando un joven le preguntó su edad y al escuchar ’99 años’, le respondió: “Nojoda maestro, usted tiene huevo, a esa edad y todavía bregando”.

Esperé el final de la solemnidad con la que Álvaro y William, le hicieron entrega de la invitación al homenaje y las palabras de agradecimiento del maestro. Tomé algunas fotos de ese instante.  Finalizada la formalidad, le manifesté que yo estaba ahí para meterme en su vida, en su vida curtida por casi un siglo de existencia, con el privilegio de una memoria asombrosa, que estaba ahí porque, desde hacía años quería charlar con él. “Así, como ahora, sin afanes”, le dije.

Aceptó complacido y respondió mi primera pregunta, diciéndome que primero concibe la línea melódica y ésta le sugiere la poesía, porque poesía y música son correlativas, argumentando que al folclor se le debe dar un buen tratamiento poético, razón por la que le imprimió poesía al folclor de su tierra. Vestía pantalón de corte clásico, color siena, suéter negro con un adorno en el cuello, en los puños y en la parte superior del bolsillo de color blanco; calzaba una especie de chancletas para estar en casa, también de color blanco.

Poblado de canas, hasta en sus cejas, evocaba con nostalgia su tierra natal, mientras recalcaba que nació en el municipio de Soledad, el mismo día que tomó posesión de la presidencia de la república, el filólogo y humanista conservador, Marco Fidel Suarez, que  nació en la Calle Nueva (calle 19) con la Avenida 13 de junio (carrera 19), en la esquina detrás del American Bar, de donde, años más tarde, la familia se mudó para la calle ‘Coco Solo’, cuyo nombre oficial es Calle Nariño y por nomenclatura, Calle 21. Era una calle de arena blanca, en la que,  durante las celebraciones de las fiestas de San Antonio, el santo patrono, realizaban carreras de caballo, tradición que se sostuvo hasta inicios de los años setenta. 

Fue allí donde el maestro disfrutó su infancia en medio de juegos propios de la edad, que ahora bailan en su memoria, como los ‘trompos’ que echaba a bailar de niño y eran fabricados por Víctor Cervantes, abuelo de Alci Acosta, o como las cometas de todos los colores que al remontarse se perdían en el crepúsculo, se volvían mudas, y, él, las cobraba para que rezumbaran.

 

La recuerda con precisión y detalles, como sus estudios de primaria en la Escuela Municipal“Que funcionaba en el ‘Palacio Consistorial’, donde después funcionaría la alcaldía municipal, durante muchos años”, como lo hizo saber porque, de esa etapa de su vida, el nombre del Diógenes Bolívar, su profesor en la escuela primaria, lo recordó con mucho respeto.

Sentado en el sofá negro, dejaba flotar la nube viajera de su memoria, recogiendo pedazos de historia, entre los bártulos de la memoria, como para tejer el camino de su vida, en el que existe un pasado ingrato que vive vibrante en los recuerdos de infancia. Sucede que su madre, Cándida Rosa Miranda –hermana de los ‘Mellos Miranda’, que eran gemelos, recordados por sus disfraces en carnavales-, organizó un baile, con orquesta, días antes a la elección del candidato liberal Enrique Olaya Herrera, como presidente de la República.

Doña Cándida Rosa, exigió a sus amigos e invitados, de filiación conservadora, asistir vestidos de camisa y corbata de color azul. Al parecer, esto incomodó a los liberales, quienes desbarataron el baile, porque representaban una inmensa mayoría y contaron con el respaldo de las autoridades, las que a su turno actuaron con bolillo en mano. Ese baile se hizo famoso en Soledad, con el nombre de ‘El Baile Azul’ y fue uno de los motivos que desencadenaron una violencia política en contra de su familia. Por esta razón, Cándida Rosa Miranda, decidió mudarse para Barranquilla, con sus seis hijos, en el año de 1930.

La brisa de abril entraba coqueta por la ventana y parecía jugar con el cabello de aquel hombre centenario que hizo de su vida un pentagrama forjado en metáforas. Mientras la brisa le levantaba los cabellos, semejando en sus movimientos una danza plateada, comentó que, como le tocó salir de Soledad a la edad de doce años, parte de sus estudios primarios y secundarios, los realizó en Barranquilla, cursando sólo hasta tercer año de secundaria en el ‘Colegio Barranquilla’, luego, a los 18 años, estudió en la ‘Escuela Superior de Comercio’, pudo capacitarse y trabajar en el área empresarial en cuatro acreditadas empresas de la ciudad, y también ejerció como docente en la Escuela Superior de Comercio.

El compositor en ciernes

Para moderar la nostalgia por el terruño natal, resolvió visitar con frecuencia, en domingo, días feriados y en vacaciones, caseríos alejados de tierra firme: El Pasito, La Bocaina, La Isla de Cabica, La Canchera, Santa Rita y San Antonio, porque ese ambiente, en donde hombre y naturaleza viven en armonía, influía en su ánimo, aflorando formas creativas con raíces propias de la música de su tierra, como porros, cumbias, fandangos etc…

“Allá, en aquellos lares, entre Caracolí, Malambo Viejo y los de Soledad que propiamente constituían mi hábitat espiritual y natural, tuvieron su cuna obras como ‘Noche de Cumbia’, ‘La Cometa’, ‘Viento Verde’ y ‘La Mojana’, en los años 40s, cando también compuse ‘Palya’, un Porro, letra y música de mi autoría”.

A la edad de 23 años, decide estudiar música y se matriculó en Bellas Artes, donde su paso fue efímero, pero amplió sus rudimentarios conocimiento musicales, especialmente en guitarra clásica, dictado musical, teoría y solfeo, con los profesores Calixto Antonio González, Pedro Biava, José Mazzilli y Guido Perla, entre otros.

Las primeras composiciones  tuvo que encarpetarlas porque en Barranquilla no existían empresas grabadoras. Siempre llevaba sus canciones dentro de un maletín, hasta que un buen día del año 1943, se encontró con su coterráneo Francisco ‘Pacho’ Galán Blanco, le mostró una de sus primeras composiciones ‘Playa’. ‘Pacho’ Galán, se interesó y le transmitió su entusiasmo a Eliecer Velasco, representante, en Barranquilla, de la casa discográfica ‘Odeon’, de Buenos Aires-Argentina, que la grabó y se convirtió en éxito nacional e internacional, ingresando el nombre de Rafael Campo Miranda, a la lista de los grandes compositores, cuando tenía 25 años de edad.

La Barranquilla de 1943

En la Barranquilla de 1943, se había iniciado un gran desarrollo cultural en la música pero, desafortunadamente,  la música folclórica no se divulgaba. Era una ciudad con una élite social, alienada, sin identidad cultural, totalmente europeizada, que menospreciaba las manifestaciones vernáculas de la costa.

“Los primeros en hacer oposición a esta manifestación de nuestra música vernácula fueron los clubes sociales de la localidad. Esta situación aberrante en contra de la música que nuestros ancestros nos habían legado, no solamente tuvo ocurrencia en Barranquilla, sino también en las ciudades hermanas de Cartagena, Santa Marta y Valledupar. Danzar en un salón decente al compás de un Porro o de una Cumbia, era considerado como un acto social vulgar… era aplebeyarse e indigno”, nos dijo, cuando se refirió a la brecha social de aquel entonces.

Después del éxito de ‘Playa’, se sumaron a la lista muchísimas composiciones. Quien iba a creer que aquel muchacho, que cogía la guitarra, se la echaba a cuestas y se iba, bien fuera para Puerto Colombia, Salgar, Soledad o Caracolí, para nutrirse de aquellos paisajes que fueron insumo para su capacidad creadora, llegaría a ser considerado uno de los compositores más versátiles y respetados nacional e internacionalmente.

La otra historia de Pájaro Amarillo

En el año 1963, en plena madurez de su capacidad creativa, con un reconocimiento y respeto a su talento, compuso ‘Pájaro Amarillo’, convirtiéndose en un éxito arrollador, dentro y fuera del país que hasta fue incluida en una película. Esta canción inspirada en un ‘Toche’, pájaro de la fauna tropical, tuvo su recompensa.

“Un día me llamó, desde Bogotá, el presidente de Sayco, para informarme que el director de una película llegó preguntando por el autor de Pájaro Amarillo, la película fue producida y realizada por la Paramount Pictures.  Me dijo que lo gringos venían para Barranquilla y que les cobrara 400 mil pesos por  mi autorización para utilizar la canción, le dije que era mucho dinero y, él, respondió que los gringos tenían mucha plata. La cita fue en el Hotel El Prado, de inmediato el gringo me explicó  que la canción la iban a incluir en una película que estaban filmando en Cartagena y el interior del país, se llamaba Los Aventureros. Le pedí los 400 mil pesos y el dijo que era mucha plata. El Gringo se llamaba William, entonces sugirió un arreglo y le ordenó a su asistente que hiciera un cheque por 300 mil pesos. Me temblaba el pulso, aquello era una fortuna para mí, y hasta llegué a pensar que el cheque era chimbo”,  comentó riéndose a carcajadas, para después decir que “Con esa plata compré una finca en Caracolí-Atlántico, que bauticé Pájaro Amarillo, una camioneta, también de color amarillo y hasta a mi mujer le compré ropa amarilla”

Anhelo cumplido

Con el desparpajo que lo caracteriza al narrar su historia, de manera sucinta, y lo acompaña con gestos expresivos, uno se imagina la vida de este hombre centenario, a una joven edad, cuando cogía su guitarra para buscar no sólo aquellos paisajes naturales que sirvieron de fondo a sus canciones de amor, también las hermosas y querendonas mujeres con las que repartió pedazos de amor, hasta el día en que apareció María del Socorro Vives, con quien contrajo matrimonio el 2 de abril de 1951 –cuando él tenía 33 años de edad- , unión de la que nacieron Rafael, Margarita y Martha, sus tres hijos, quienes también dedicaron su vida a la música.

“En mi obra siempre hay una mujer, el amor y el paisaje, que manifestaban en mi estado anímico una sensación gratificante”, sintetizando, en esa oración, los elementos que nutrieron su vasta obra musical.

Entre sorbo y sorbo de un café, dijo estar agradecido con Dios porque le ha prodigado tantas cosas buenas, entre ellas, su familia, la capacidad creativa para la composición musical y haber tenido el privilegio que grandes músicos y arreglistas se interesaran por sus letras, recordando a Francisco ‘Pacho’ Galán y Lucho Bermúdez, de Colombia; Chucho Sanoja, de Venezuela; Rafael Paz, de Méjico y Gustavo Armani, de Argentina.

Después de casi tres horas conversando con el autor de Playa, Lamento Náufrago, Nube Viajera, Pájaro Amarillo, Viento Verde, Unos Para Todos, La Cometa, Entre Palmeras, sólo por mencionar algunos de sus éxitos que forman parte de más de un par de centenar de canciones, letra y música de su autoría, la nostalgia por Soledad, la tierra donde vivieron sus ancestros, en la que él nació y disfrutó su niñez, nunca abandonó su rostro.  

A sus 99 años de edad, con el anhelo cumplido, porque siempre quiso ser compositor, aunque le dijeran que se iba a morir de hambre, hoy vive en la tranquilidad de su apartamento, pensionado por la Compañía Colombiana de Seguros y por Sayco, atendiendo visitas de amigos, periodistas y hasta de coterráneos imprudentes, como yo, las que aprovecha para echar a volar la cometa de recuerdos que cuelga de un clavo en la pared de su memoria.

“Me costó mucha dificultad convencer a mis semejantes de que yo realmente poseía este don con que  Dios me había dotado; y que hoy, después de un largo recorrido, intensamente vivido, me otorga tal condición: un modesto sitial en el panorama musical de mi país y fuera de él. ¡Quien lo creyera!”.