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Memorias de un soledeño en las fiestas patronales y otros recuerdos

ciudad perdida

*Soledad: Aquella efímera ciudad del azar en las fiestas de San Antonio y otros recuerdos de juventud. 

La efímera ciudad del azar estaba conformada por kioscos y casetas de madera donde vendían ron y cerveza, las carpas de las ruletas, las mesas de comidas y demás juegos de azar para niños, ordenadas en líneas rectas, de tal forma, que se podía caminar sin tropiezos en medio de tanta gente que aprovechaba las fiestas para probar suerte, encontrarse con la pareja clandestina. Casi todo se relacionaba con el azar, porque hasta comerse un chuzo de carne y otras viandas que traían los vendedores de otros lugares implicaba el riesgo de una intoxicación.

Por Fernando Castañeda García

e capitular 23l ambiente era otro a partir del día 4 de junio, cuando se daba inicio a la novena de San Antonio de Padua, el santo patrono de mi pueblo, Soledad, allá por los años sesentas del siglo anterior. En aquel entonces, Soledad, era un pueblo de escasas veinte calles y dieciocho carreras a las que llamábamos ‘callejones’, de los que traigo a colación: El Callejón de Ángel Niebles, el de ‘los Monitos’, el de la ‘Gallera, el del ‘Trupillito’, el de ‘las Fuentes’, entre otros callejones que guardan muchas historias de amores y polvos tendidos y tirados en las terrazas y verjas de casas bajo el amparo de la oscuridad. Desde ese día y hasta el 13 de junio, el olor a fiesta y devoción se respiraba en el ambiente. Recuerdo que ‘el viejo Rua’ despertaba a la población con los voladores de pólvora elaborados por el señor Alejandro Martínez, que lanzaba desde el atrio de la iglesia, a las cuatro de la madrugada mientras entraba de sopetón La Banda de Juan Gayaspá.

En las novenas de San Antonio de Padua, durante las misas, era común que las mujeres fueran el mayor número de feligreses, porque San Antonio tiene fama de conseguirles maridos a las solteronas. Contra mi voluntad, acompañaba a mi madre Eufrosina García y mi tía Ismeria a la iglesia, donde la devoción apretujada, en aquel río de gente, producía un calor de los mil demonios, y, uno ahí, metido en ese templo, como un gran huevón, con la respiración cansada de tanto buscar aire fresco.

Aprovechaba el momento, mientras mi madre y mi tía, rezaban y le pedían a San Antonio para que nunca faltara la comida en nuestra mesa, para apreciar las esculturas de los santos de la iglesia católica, en especial, la del Jesús Caído –que regaló el maestro Pacho Galán, como una manda por la salud de uno de sus hijos-, hasta llegar lo más cerca posible al altar mayor para detallar la belleza y riqueza artística de su estilo Barroco. De él, comentaban los abuelos, que la parte frontal estaba revestida en laminillas de oro, y, aseguraban que también cayeron en el saqueo de templos emprendido por la iglesia católica, formaando arte del botín al lado de La Custodia de Badillo.

La efímera ciudad del azar

En los alrededores de la plaza, cuando uno menos lo esperaba, amanecían montículos de maderas, carpas, varas de guaduas, mesas de comidas, el anafre de los chuzos, el vendedor de ‘raspao’, el de algodón de azúcar, el de escapularios y estampas de San Antonio y de cuanta chuchería se pudiera vender en aquella barahúnda de gente y comenzaban a girar las ruletas de dulce en las que nunca se perdía porque si no acertabas uno de los premios gordos –entre ellos recuerdo el ‘babillo’ que medía como 35 centímetros de largo-, te daban un trozo de caramelo que parecía un pedazo sólido y grueso de espagueti gigante.

"También nos divertíamos con las carreras de caballos que se realizaban en la calle 21, o calle Coco Solo, partiendo desde la esquina del parque del cementerio central hasta el arroyo ‘El Salao’ o con el circuito ciclístico que organizaba Israel Miranda Miranda o la maratón que arrancaba desde la calle de la iglesia".

Para nosotros, los estudiantes del CODESOL (Colegio de Bachillerato de Soledad), cuando comenzaban a armar aquella ciudad tipo Las Vegas, pero rural, también comenzaban los exámenes de mitad de año. Así que, durante esos días la pasábamos entre el salón de clases, El Rey Soy –el club de billares del viejo Casto Orozco, padre de Efraín Orozco Araujo, el compositor de El Mochilón, grabado por la orquesta La Sonora Matancera, de Cuba-. o viendo la construcción, en madera, de aquella efímera ciudad del azar que levantaban en los alrededores de Iglesia de San Antonio de Padua, que comenzaba desde la calle 17 o la calle del teatro Colón, en la esquina de la cantina El Senado, frente al almacén del señor Madero y llegaba hasta el actual Museo Bolivariano, que antes llamábamos Palacio Municipal, pero que mucho antes de mi generación llamaban Palacio Consistorial.

La efímera ciudad del azar estaba conformada por kioscos y casetas de madera donde vendían ron y cerveza, las carpas de las ruletas, las mesas de comidas y demás juegos de azar para niños, ordenadas en líneas rectas, de tal forma, que se podía caminar sin tropiezos en medio de tanta gente que aprovechaba las fiestas para probar suerte, encontrarse con la pareja clandestina.

Ah, eso sí, el carril de la iglesia era intocable, por él ingresaban a ella los feligreses y por donde salía y entraba la procesión del santo patrono. Casi todo se relacionaba con el azar, porque hasta comerse un chuzo de carne y otras viandas que traían los vendedores de otros lugares implicaba el riesgo de una intoxicación. 

En aquella época, no todas las actividades en la efímera ciudad del azar estaban relacionadas con las apuestas, también organizaban los concursos de hacheros, que consistían en probar más que la fuerza, la habilidad y destreza para convertir en leña, en el menor tiempo posible unos troncos de árboles de madera dura que regalaba la empresa Láminas del Caribe, igual que los premios.

También nos divertíamos con las carreras de caballos que se realizaban en la calle 21, o calle Coco Solo, partiendo desde la esquina del parque del cementerio central hasta el arroyo ‘El Salao’, con el circuito ciclístico que organizaba Israel Miranda Miranda o la maratón que arrancaba desde la calle de la iglesia –calle 15-, bajando por la carrera 17 para llegar hasta La Virgencita y luego regresar por la autopista entrando por la avenida 13 de Junio hasta el punto de partida.

En la noche nos instalábamos en el atrio de la iglesia para ver las peleas de boxeo y los encuentros de lucha libre que programaba el señor Barragán, pero lo que movía, a casi toda la familia, era la quema del castillo de fuegos artificiales, también elaborado por el señor Alejandro Martínez, que lo obsequiaba cafetería Almendra Tropical, mientras corríamos el riesgo de ser víctima de los buscapiés, que llevaba la famosa ‘vaca loca’. Pero éramos felices y la corrupción no andaba en lujosos carros de última gama.

Se pecaba, se rezaba, se empataba y la borrachera se morigeraba con un sancocho de pescado

La novena de San Antonio era amenizada por la banda de Juan Gayaspá que se instalaba en el atrio de la iglesia, generalmente, en horas de la madrugada, como si pretendiera encender con sus pitos la alegría y devoción de un pueblo despertado por los voladores que reventaban en el aire para deleite de los ‘pelaos’ que, aún dormidos, nos alegrábamos con los fuegos pirotécnicos manipulados por ‘el viejo Rua’ y nos servían de despertador que anunciaban la hora de ir a clases. 

A esa hora, las beatas, iban camino de la iglesia para purgar sus pecados, algunas, otras, para pedirle a San Antonio que les consiguiera un marido y no faltaba aquella que pensaba estaba en paz con Dios porque después de misa podía salir a divertirse, jugar a la ruleta, tomarse unos tragos y hasta perderse para desfogar sus pasiones reprimidas, imaginándose que si rezaban, al pecar, empataban. 

Los estragos del ron y la cerveza se morigeraban con un buen sancocho de bocachico, allá en el mercado, frente al caño, todas las madrugadas después de la borrachera, para regresar a casa, dormir y comenzar nuevamente la rumba como pretexto por las fiestas patronales.

Terminada la fiesta nos quedaba la nostalgia por esos cuatro días de rumba santa que esperábamos con el mismo entusiasmo el año siguiente, con la tranquilidad que los medios impresos y radiales no tenían material para hablar en sus crónicas rojas, porque Soledad era un pueblo de escasos cuarenta mil habitantes, donde casi todos sus habitantes se conocían y el peligro estaba muy lejos para imaginárnoslo como obstáculo que limitara nuestros deseos de amanecer peaos metiéndonos un sancocho de pescao.